El Porra se bebe la mazamorra

La vil miseria de un dictador que hasta a los santos persigue

La vil miseria de un dictador que hasta a los santos persigue

Resumen Ejecutivo

Nicolás Maduro profanó la canonización de José Gregorio Hernández al atacar al cardenal Baltazar Porras, acusándolo sin fundamento de "conspirar" contra el santo. La realidad es inversa: Porras denunció desde Roma la represión, pobreza, militarización y corrupción del régimen, mientras Maduro intenta apropiarse de una figura religiosa para su propaganda. El médico de los pobres es santo "a pesar de" una narcodictadura que destruyó el sistema de salud venezolano y multiplicó la miseria. El cardenal conspira contra la injusticia; Maduro, contra el pueblo.

Cuando la mezquindad no tiene límites: Maduro ataca a un cardenal en plena celebración de santidad

Ha quedado una vez más en evidencia la profundidad del abismo moral en el que ha caído el régimen venezolano. Nicolás Maduro, el títere narcodictador que usurpa la presidencia de Venezuela, no encontró mejor momento para destilar su veneno que durante la celebración de la canonización de José Gregorio Hernández, transformando un acontecimiento histórico y sagrado para millones de venezolanos en otro episodio de su show del horror político.

Apenas dos días después de que el pueblo venezolano celebrara con lágrimas de alegría la canonización del beato José Gregorio Hernández, Maduro vomitó su bilis contra el cardenal Baltazar Porras, acusándolo de "conspirar" contra el proceso de santificación. La acusación no es solo absurda: es sintomática de un régimen enfermo de paranoia que ve conspiraciones hasta en los actos de fe más puros.

¿Qué clase de miserable político instrumentaliza a un santo recién canonizado para atacar a un líder religioso? Solo aquel que no respeta absolutamente nada. Solo aquel cuyo cinismo ha rebasado todos los límites imaginables. Maduro ha demostrado una y otra vez que no existe umbral de decencia que no esté dispuesto a cruzar, no hay institución que no esté dispuesto a profanar, no hay símbolo que no esté dispuesto a prostituir para sus propósitos políticos mezquinos.

El verdadero conspirador

La verdad, esa que Maduro y su camarilla criminal intentan sepultar bajo toneladas de mentiras, es diáfana: el cardenal Baltazar Porras tuvo el coraje que le falta a tantos. Desde Roma, en el marco de la canonización, alzó su voz profética para denunciar lo que todos sabemos: Venezuela vive "en una situación moralmente inaceptable", marcada por "la merma del ejercicio de la libertad ciudadana, el crecimiento de la pobreza, la militarización como forma de gobierno que incita a la violencia".

Porras señaló con nombre propio los males que desangran a Venezuela: la corrupción, la falta de autonomía de los poderes públicos, el irrespeto a la voluntad popular. Habló por los presos políticos, por los perseguidos, por los exiliados, por los que tienen hambre. Y eso, para un régimen criminal que se sostiene sobre la represión y el miedo, es un pecado imperdonable.

El verdadero conspirador no es Porras. El verdadero conspirador es quien ha convertido a Venezuela en un narcoestado fallido. El verdadero conspirador es quien ha robado elecciones, ha encarcelado opositores, ha asesinado manifestantes. El verdadero conspirador es quien ha empobrecido sistemáticamente a un país entero mientras él y sus cómplices acumulan fortunas obscenas en el extranjero.

La religión como botín político

Lo más repugnante de este episodio es cómo Maduro pretende apropiarse de la figura de José Gregorio Hernández para su propaganda nauseabunda. El médico de los pobres, el hombre que dedicó su vida al servicio de los más necesitados, es ahora rehén discursivo de un régimen que ha multiplicado exponencialmente la pobreza en Venezuela.

José Gregorio Hernández es santo "a pesar de Maduro", a pesar de un régimen que ha destruido el sistema de salud venezolano, que ha obligado a millones de médicos a huir del país, que ha dejado morir a pacientes por falta de medicamentos y recursos. Es santo a pesar de un gobierno que representa todo lo contrario de lo que él encarnó: la humildad, el servicio, la compasión, la entrega desinteresada.

Un cardenal con más valentía que muchos políticos

Mientras políticos cobardes callan, mientras diplomáticos tibios balbucean, mientras "opositores" domesticados hacen equilibrios, el cardenal Porras se planta firme y denuncia. Su discurso en Roma es un acta de acusación contra la narcodictadura. Y por eso Maduro lo ataca: porque la verdad duele, porque la dignidad incomoda, porque la coherencia moral expone la podredumbre del régimen.

Porras no conspiró contra José Gregorio Hernández. Porras conspira contra la injusticia, contra la opresión, contra la mentira institucionalizada. Y esa es precisamente la conspiración más noble y necesaria en la Venezuela de hoy.

El pueblo sabrá juzgar

Maduro puede seguir lanzando sus diatribas venenosas desde sus plataformas de propaganda. Puede seguir manipulando símbolos religiosos. Puede seguir atacando a quienes tienen el coraje de denunciar sus crímenes. Pero la historia ya lo ha juzgado, y el veredicto es inapelable: dictador, usurpador, destructor de una nación.

El pueblo venezolano, ese que Maduro dice representar mientras lo masacra y lo desangra, sabe perfectamente quién es el enemigo. No es el cardenal Porras. Es el narcodicador que ha convertido a Venezuela en una prisión a cielo abierto, en un cementerio de esperanzas, en un monumento a la crueldad y la corrupción.

José Gregorio Hernández es santo. Maduro es todo lo contrario. Y esa es la única verdad que importa.

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